Luz ON/OFF

OFF

OFF

OFF

MENÚ

Crítica marxista al contractualismo de Freud.

M

uchos fueron los intentos de conseguir una complementariedad entre psicoanálisis y marxismo que permitiera enriquecer a este último en el análisis de la subjetividad aportando herramientas que posibilitaran una práctica dirigida a combatir la alienación capitalista y propiciar la conciencia de clase de los obreros. Y por su contraparte, quienes trataron mediante la dialéctica materialista de desaburguesar al psicoanálisis para evitar la psicologización de los procesos históricos y sociales.

Esto dio origen a lo que se conoció vulgarmente como freudomarxismo, cuyos máximos exponentes fueron Wilhelm Reich y Herbert Marcuse. Ambos pensadores tenían un marcado predominio freudiano en sus ideas, las cuales combinaban con un marxismo diluido que tuvo por consecuencia un eclecticismo con elaboraciones dudosamente revolucionarias. La mención a estos dos autores no desconoce la existencia de otros psicoanalistas que se han reclamado marxistas y que intentaron hacer una apropiación crítica del psicoanálisis, pero tal como lo señala el título de la nota, nos enfocaremos principalmente en Freud.

Con relación a esto último vale aclarar que sería un error tener una concepción del psicoanálisis como un todo monolítico negando la heterogeneidad de sus diferentes escuelas y representantes. Indudablemente habrá algunas tendencias más conservadoras que otras, pero lo que interesa a los fines de esta nota es visibilizar que pese a los matices y el “mal menor”, todas sus variantes oscilan dentro de los márgenes de un espectro conservador. Más aun, poner de manifiesto que hay un nexo íntimo y difícil de romper entre las tesis centrales de Freud y el uso conservador que se hizo de ellas.

El freudomarxismo no supo ser la excepción y estuvo impregnado de un revisionismo que pretendió traducir el materialismo histórico al lenguaje del inconsciente freudiano con la ilusión de lograr una articulación entre la estructuración del deseo y las relaciones de producción. El resultado fue algo que no era ni marxismo ni psicoanálisis, y mucho menos aún una síntesis superadora de ambos. Sin embargo, los efectos de esta combinación fallida emprendida por Reich y Marcuse lograron lavarle la cara a la literatura freudiana y darle una apariencia progresista e incluso hasta liberadora atribuyéndole un hipotético potencial revolucionario.

Las conversaciones entre psicoanálisis y marxismo resultaron improductivas en el intento por rescatar los “brotes” materialistas del primero, tarea que demostró ser estéril e inconducente incluso en la conocida Escuela de Frankfurt. Desde el campo psi demandaron actos celebratorios de la genialidad de Freud y el culto a su figura como prerrequisito para cualquier interacción. Los contrapuntos por izquierda fueron invalidados prejuzgando dogmatismo, incomprensión del psicoanálisis, resistencia o imaginarias afinidades con las neurociencias. Hasta se llegaron a utilizar referencias al trotskismo para tratar de asociar a los críticos del psicoanálisis con la censura estalinista.

Lo cierto es que el propio Lenin y otros marxistas habían identificado al psicoanálisis como un símbolo de la cultura burguesa y un pasatiempo aristocrático, cuya carga ideológica estaba lejos de cualquier rol de desmitificación que pretendiese tener. Se lo definía como un instrumento opresivo y conformista que naturalizaba las desigualdades inherentes al orden social, y que en su pesimismo pulsional resultaba cómplice del apuntalamiento del sistema capitalista. Los psicoanalistas fueron acusados de embrutecer a los pueblos a fuerza de complejos, frase que permite su analogía con la religión entendida como opio.

La fatalidad de una naturaleza humana subordinada a una pulsión de muerte que se sitúa por encima de la lucha de clases y que estaría presente en todo tipo de sociedad, la inevitabilidad de las guerras, la necesidad de un padre de la horda que gobierne a las masas, la compulsión de repetición, la envidia primaria, la genealogía de la civilización y tantas otras conjeturas, se estrellaron de frente contra el materialismo histórico.

Entre los pioneros en levantar la voz contra la pulsión de muerte encontramos a Reich, discípulo de Freud, quien consideraba que esa pretendida entidad explicativa no era más que una palabra, una hipótesis imposible de verificar, cuestionando el intento por atribuir causas de sufrimiento a una pulsión de muerte inevitable dirigida hacia el interior o exterior de los sujetos. También atacó las desviaciones idealistas señalando que el “principio de realidad” era presentado como un dato absoluto coincidente con el principio de la sociedad capitalista.

Wilhelm Reich denunció el contenido político del psicoanálisis que lo convertía en una ideología puesta al servicio de la sociedad de consumo. Especialmente en lo referido a la tesis freudiana que nos habla sobre la enemistad de las masas para con la cultura y la necesidad de reprimir pulsiones de la naturaleza humana como precio para la civilización. Marcuse va a retomar esta discusión en su conocida obra Eros y Civilización.

Todo individuo es virtualmente un enemigo de la cultura (…) Los seres humanos sienten como gravosa opresión los sacrificios a que los insta la cultura a fin de permitir una convivencia. Por eso la cultura debe ser protegida contra los individuos, y sus normas, instituciones y mandamientos cumplen esta tarea.Freud

Según Freud convivir en sociedad solo es posible mediante la represión de ciertas pulsiones agresivas que estan ancladas en la biología misma de los sujetos y que por lo tanto son inmunes a las transformaciones culturales. Podríamos decir que su concepción es propia de un contractualista hobbsiano que establece equivalencias entre la figura del Leviatan y el padre de la horda. De este modo se justifica el Estado y la dirección de la sociedad por una minoría como requisito para la superación del estado de naturaleza.

Psicologia de las masas y análisis del yo: “el ser humano es un animal de horda, el miembro de una horda dirigida por un jefe”. … “El conductor de la masa sigue siendo el temido padre primordial, la masa quiere siempre ser gobernada por un poder irrestricto, tiene un ansia extrema de autoridad”. Freud

Considera que lo que hace falta es un jefe carismático o una elite minoritaria que pueda imponer el enderazamiento de una pulsión a la cual considera natural e imposible de erradicar. Se trata de proteger a la cultura de la agresividad originaria que convierte al “hombre en lobo del hombre”. Y donde ninguna revolución podrá cambiar el natural placer por la agresividad.

Haciendo una lectura en clave biológica y forma de mito (Tótem y Tabú) sustenta la represión por parte de una minoría para regular la agresividad de las personas y consolidar un contrato social que permita vivir en sociedad. Veamos la siguiente cita que reafirma el parecido con Thomas Hobbes.

pulsión agresiva natural de los seres humanos, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno. Esta pulsión de agresión en el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte.Freud

La mirada de Freud sobre lo social parte del individuo en términos ahistóricos, mitológicos y hasta biológicos sirviendo de justificación a gobiernos en los que una minoría reprime y mantiene a raya a una mayoría estigmatizada como hostil y peligrosa para la cultura.

Este análisis es totalmente opuesto al pensamiento de Marx que aborda lo social tomando como punto de partida la forma en que las personas viven, se relacionan y producen. Y donde en la marco de una historia regida por la lucha de clases, el sujeto revolucionario, clase explotada mayoritaria, lo que menos necesita es que le ajusten las cadenas.

Empecemos por examinar algunos textos en los que Freud intenta dar un salto sociológico con su teoría: El malestar en la cultura, el porvenir de una ilusión y por qué la guerra. En el primero nos vamos a concentrar en la crítica que hace a los comunistas. En el segundo sobre la explicación de la religión entendida como neurosis obsesiva universal, contrastando las diferencias con el materialismo histórico. Y en el tercero la redundancia un vez más del fatalismo de la pulsión de muerte y la inevitabilidad de la guerra.

Los comunistas creen haber hallado el camino para la redención del mal. El ser humano es íntegramente bueno, rebosa de benevolencia hacia sus prójimos, pero la institución de la propiedad privada ha corrompido su naturaleza. La posesión de bienes privados confiere al individuo el poder, y con él la tentación, de maltratar a sus semejantes; los desposeídos no pueden menos que rebelarse contra sus opresores, sus enemigos. Si se cancela la propiedad privada, si todos los bienes se declaran comunes y se permite participar en su goce a todos los seres humanos, desaparecerán la malevolencia y la enemistad entre los hombres. Satisfechas todas las necesidades, nadie tendrá motivos para ver en el otro su enemigo; todos se someterán de buena voluntad al trabajo necesario.Freud

Aquí hace un punto seguido en la parodia y continua diciendo:

No es de mi incumbencia la crítica económica al sistema comunista; no puedo indagar si la abolición de la propiedad privada es oportuna y ventajosa. Pero puedo discernir su premisa psicológica como una vana ilusión. Si se cancela la propiedad privada, se sustrae al humano gusto por la agresión uno de sus instrumentos; poderoso sin duda, pero no el más poderoso. Es que nada se habrá modificado en las desigualdades de poder e influencia de que la agresión abusa para cumplir sus propósitos; y menos aún en su naturaleza misma. La agresión no ha sido creada por la institución de la propiedad; (…) ese rasgo indestructible de la naturaleza humana lo seguiría adonde fuese.Freud

Freud no se anima a tomar posición respecto a si la abolición de la propiedad privada sería ventajosa o no, en cambio, lo que si hace es evidenciar un enorme simplismo al adjudicar al marxismo la creencia de que todos los conflictos humanos pudieran resolverse con la mera abolición de la propiedad privada. Esa conclusión es propia de alguien que desconoce la obra de Marx y que a lo sumo ha leído de reojo el manifiesto comunista en donde Marx plantea que los comunistas pueden resumir su teoría en la abolición de la propiedad privada.

Encontramos en la caracterización que hace Freud de los comunistas una burla mezclada con ironía y sarcasmo, en la que sobresale un prejuicio economicista del marxismo. Pero el aspecto más reaccionario es su determinismo sobre la “naturaleza humana”, que irremediablemente lo conduce al escepticismo y la aversión por cualquier práctica revolucionaria.

Las referencias que hace a la “naturaleza humana” no son aisladas sino que constituyen el núcleo duro sobre el que se estructura todo su texto conocido como el malestar en la cultura. Según su visión, las pulsiones de agresión y autodestrucción amenazan el progreso de la civilización y condena a priori las transformaciones revolucionarias reduciéndolas a ilusiones.

Es verdad que quienes prefieren los cuentos de hadas se hacen los sordos cuando se les habla de tendencia natural del hombre a la “maldad”, a la agresión, a la destrucción, y en consecuencia también a la crueldad. ¿No hizo Dios al hombre a imagen y semejanza de su propia perfección?Freud

Esa clase de determinismos en los que las personas son por naturaleza “buenas o malas, benevolentes o agresivas” recuerdan al pensamiento de Hobbes y Rosseau, ya que remontan a discusiones de los contractualistas. Quien crea que el problema radica en la naturaleza de pulsiones primordiales quedara atrapado en un callejón sin salida y será víctima del pesimismo más contrarrevolucionario. Freud manifiesta su desconocimiento del marxismo al reducirlo de forma economicista a una mera consigna o eslogan de abolición de la propiedad privada como una suerte de panacea que cura todos los males.

Para los marxistas, especialmente con posterioridad a Gramcsi, las formas de opresión que subsisten más allá de la propiedad privada, es decir, esas formas de opresión que están más allá de lo económico, radican en la cultura (no en la naturaleza) y la cultura puede modificarse. El reduccionismo que hace Freud moviéndose por las artificiales categorías de la “naturaleza humana” es algo completamente superado. (Leer nota sobre intelectuales orgánicos).

Ante los ojos de Freud la revolución proletaria constituye una utopía, ya que considera que la desigualdad es natural y no puede remediarse. En su cosmovisión es imposible lograr una transformación revolucionaria de la cultura que logre tener incidencia sobre la pulsión de muerte. De modo tal que legitima la represión mediante un Leviatan, es decir, un Estado o jefe que reprima a las masas y posibilite la vida en sociedad. Esto indefectiblemente constituye la naturalización del orden social capitalista, e incluso de liderazgos fascistas mediante un conjunto de ideas que justifican los gobiernos de la minoría, o la existencia de un “padre de la horda”.

Por un lado, individuos considerados solamente desde el ángulo de las pulsiones, como seres de deseo estructurados en su primera infancia, es decir, esencialmente por las relaciones familiares; y por otro, una sociedad reducida a algunas de sus superestructuras (derecho, moral), en suma identificada con una ley prohibidora; tal es la imagen idealista y simplista hasta la caricatura, por medio de la cual la obra freudiana cree poder rendir cuenta de la “significación de la evolución de la civilización.Sève

El malestar en la cultura es una obra que desbarata por completo la asepsia ideológica freudiana. Evidencia sus posiciones políticas en las que se pretende despojado de ingenuidades y condena a priori las “ilusiones” comunistas con una vulgarización satírica de tinte economicista bastante difundida entre los detractores del marxismo. Queda claro que Freud defendía algunos valores y condenaba otros.

Para Freud no hay remedios que puedan evitar que la civilización sea por si misma represiva ya que ésta nace cuando el principio de placer entra en conflicto con el principio de realidad, obligando resignar la satisfacción inmediata en pos de una satisfacción diferida y aleatoria que exige una disciplina y organización de la sociedad. La historia deja de ser la historia de la lucha de clases para pasar a ser la historia de la represión de las necesidades instintivas, en el marco de una civilización traumatizante e inherentemente represiva que desencadena una enorme neurosis colectiva.

La conclusión a la que llega Freud es que el malestar es propio de la civilización como tal y que no hay una salida que no sea ilusoria. La neurosis colectiva es el resultado de la lucha constante entre el principio de realidad y el principio de placer, y los progresos solo pueden darse a costa de la represión y el inevitable malestar que la acompaña.

Víctima de una concepción idealista y típicamente burguesa no le encuentra ningún sentido a la revolución y el comunismo. Ignora por completo la dialéctica de la lucha de clases y se representa la sociedad en forma contractualista con individuos que intentan escapar del estado de naturaleza donde las pulsiones amenazan la cultura y la civilización. Estigmatiza a la clase obrera situándose en franca oposición a las mayorías.

Es imprescindible el gobierno de la masa por parte de una minoría, pues las masas son indolentes y faltas de inteligencia, no aman la renuncia de lo pulsional, es imposible convencerlas de su inevitabilidad mediante argumentos y sus individuos se corroboran unos a otros en la tolerancia de su desenfreno. Solo mediante el influjo de individuos arquetípicos que las masas admitan como sus conductores es posible moverlas a las prestaciones de trabajo y las abstinencias que la pervivencia de la cultura exige.Freud

En una sociedad clasista, Freud no puede representar más que los intereses de una minoría intitulada burguesía, y los “salvajes” faltos de inteligencia a los que hay que mover a las prestaciones de trabajo y abstinencias, serían el proletariado. Por el contrario, para los marxistas de lo que se trata es de alcanzar las condiciones subjetivas que abran paso a la conciencia de clase y la constitución de las mayorías explotadas como sujeto revolucionario con la finalidad de acabar con las condiciones materiales que dan lugar a concepciones alienadas del mundo.

La psicologización de los procesos históricos y sociales lleva a Freud a concebir el gobierno de las masas como una institución de tipo paternal y ético-jurídica que tiene funciones prohibitivas y represivas. La influencia de lo que va a llamar las grandes personalidades conductoras se convierte en el fundamento de la moral y el derecho.

El superyó de una época cultural tiene un origen semejante al de un individuo: reposa en la impresión que han dejado tras sí grandes personalidades conductoras, hombres de fuerza espiritual avasalladoraFreud

Mediante el mito del padre de la horda primordial intenta probar la universalidad del complejo de Edipo. Basandose en el estudio de tribus australianas Freud cree haber descubierto un crimen que explica el nacimiento de la civilización, cultura, moral, costumbres, etc. El mito consiste en un “padre violento, celoso, que se reserva todas las hembras para si”, y que es odiado por los demás, los cuales se unen para asesinarlo y luego lo devoran en un banquete caníbal. Por efecto de la “ambivalencia” en ese momento nace la culpa y el remordimiento, se produce una identificación con ese padre que era odiado pero también era un padre amado. Y el asesinato da surgimiento a la ley y la moral e instituye el superyó.

El super-yo es una instancia moral, intrapsiquica heredera del complejo de Edipo donde la amenaza de “castración” obligaría a interiorizar los interdictos sociales como son la prohibición del incesto y de matar al padre. El superyó es la sombra de un padre que en el mito adquiere más presencia una vez muerto de la que tenía cuando estaba vivo.

Si tomamos en cuenta las contradicciones teóricas en el super-yo, que podríamos conceptualizarlo sintéticamente como “el guardian que inspecciona cada una de las mociones psíquicas y ejerce la censura sobre ellas”, veremos a lo largo de la obra de Freud que ni siquiera realizo distinciones que expliciten estándares de lo que entiende por super-yo rígido o flexible, lo cual implica la ausencia de parámetros en adultos que permitan evitar la arbitrariedad y relativismo del juego de palabras.

De acuerdo con una antigua formulación clásica [Strachey, 1934], la eficacia del psicoanálisis como tratamiento depende de las intervenciones (interpretaciones modificantes) del analista, cuando ellas consiguen cambiar el superyó del sujeto, permitiéndole ser más flexible. A mi juicio, esta concepción es sana. Empero, está muy limitada, al igual que la teoría psicoanalítica del superyó, por el hecho de que nada dice acerca de cuál es la clase de rigidez que se juzga «mala» y cuál es la flexibilidad «buena». En otras palabras, Freud y otros psicoanalistas juguetearon siempre con los sistemas normativos, sin comprometer nunca su opinión sobre los patrones normativos.Szasz

Por si fuera poco Freud da explicaciones contradictorias sobre las causales de la severidad del super-yo que abarcan prácticamente todas las posibilidades. Pudiendo resultar: 1. de la severidad del padre; 2. de la indulgencia del padre; 3. que no tiene nada que ver con la severidad de los padres; 4. que depende del Super-yo de los padres y no de los mismos padres. Afirmaciones infalsables en las que no cabe refutación alguna bajo la lógica de «si sale cara gano yo, y si sale cruz pierdes tú». No hay manera de que Freud no acierte.

Los intentos de diagnosticar al conjunto de la sociedad con referencia a la neurosis civilizatoria, y la traspolación sociológica de los conceptos forzando analogias constituyen un aventurerismo irresponsable completamente especulativo y disparatado.

Durante la exposición de conjeturas que realizan una psicologización de la sociedad, el propio Freud advierte sobre los peligros de las analogías y de arrancar los conceptos del lugar en donde han nacido. Algo que parece haber sido completamente ignorado por quienes aplican el psicoanálisis hasta para descifrar la sopa de letras y se atribuyen un papel explicativo central en el ámbito sociológico.

El mito del padre de la horda primordial vuelve a aparecer en la pluma de Freud a la hora de examinar la religión. El sesgo confirmatorio lo conduce a relacionar las ceremonias religiosas con el mito de Totem y tabú, equiparando la eucaristía con el festín caníbal de las tribus primitivas.

La creencia en dios se convierte en un síntoma de neurosis obsesiva y la génesis psíquica de las representaciones religiosas se vincula con el desvalimiento del niño que necesita la protección del padre y que ante el desamparo se refugia en la creencia de un dios como padre poderoso enaltecido que calma la angustia frente a los peligros de la vida. Aunque estaba de acuerdo con combatir la alienación religiosa mostraba ciertos temores respecto a la no adhesión a las normas que eso podría generar en los oprimidos.

La cultura tiene poco que temer de parte de las personas cultas y los trabajadores intelectuales. La sustitución de los motivos religiosos de conducta cultural por otros, mundanos, se consumaría en ellos silenciosamente; además, son en buena parte sustentadores de cultura. No ocurre lo mismo con la gran masa de iletrados, de los oprimidos, que tienen todas las razones para ser enemigos de la cultura. Todo anda bien mientras no se enteran de que ya no se cree en dios.Freud

No olvidemos que Freud reniega por completo de la lucha de clases y cuando utiliza la palabra “oprimidos” lo hace únicamente para estigmatizarlos y reafirmar luego que son abiertamente hostiles a la cultura. Tiene una postura ambigua ya que si bien critica el papel de la religión también teme que el debilitamiento de ésta pueda dar origen a un incremento de las pulsiones agresivas.

No existe una teoría psicoanalítica de la religión, sino más bien analogías entre la neurosis y las prácticas religiosas, con la incapacidad de aportar explicaciones sobre su diversidad y desarrollo histórico. La causalidad neurótica de la creencia religiosa confunde la esencia de un hecho social con las condiciones psíquicas de su interiorización.

Los psicologización de los hechos sociales lo conduce conjeturas simplistas. Cuando la influencia de la religión sobre la sociedad disminuye entonces Freud advierte que la humanidad estaría saliendo de la “infancia”. Estas nociones vacías excluyen el análisis concreto de las condiciones materiales de la alienación religiosa y el estudio de cualquier proceso histórico.

Lo que Freud jamás pudo aceptar fue que tal como decía Politzer: “la psicología no posee en absoluto el ‘secreto’ de los hechos humanos, simplemente porque ese ‘secreto’ no es de orden psicológico”. Para Marx, en cambio, toda crítica empieza por la crítica de la religión, la cual es incompatible con la dialéctica materialista. Ser marxista conlleva ateísmo y la negación de la existencia de dios con la consecuente lucha contra la religión como requisito para ser revolucionario. Se estudian las condiciones materiales y la protesta mistificada que expresa junto a la carga ideológica y su rol social.

La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado, y también es el espíritu de situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo. (…) Renunciar a la religión en tanto dicha ilusoria del pueblo es exigir para este una dicha verdadera. Exigir la renuncia a las ilusiones correspondientes a su estado presente es exigir la renuncia a una situación que necesita de ilusiones.Marx

Las sociedades clasistas pasadas y el sistema capitalista actual son esa “situación que necesita de ilusiones” y dar cuenta de eso implica abordar la religión en tanto fenómeno social e ideología cuya complejidad es inexplicable mediante las hipótesis de Freud.

Si desde una perspectiva freudiana simplificamos la alienación religiosa como una neurosis obsesiva universal limitamos el alcance del análisis dejando de lado las condiciones materiales que la generan impidiendo además el salto sociológico para la comprensión de sus efectos sobre la conciencia de la clase obrera en el marco de la dialéctica de las relaciones sociales.

Las posiciones de Marx y Freud son diametralmente opuestas y no combinables por la anulación que produce conjeturar explicaciones basadas en el temor al desamparo sobre los alcances de la perspectiva marxista de miseria religiosa como expresión y protesta contra la miseria real.

No se puede evidentemente sostener a la vez que la religión es en el fondo una neurosis obsesiva, o sea dar cuenta de ella en función de una ilusión psíquica remitiendo a las relaciones del niño con el padre, y también que consiste en última instancia en una protesta mistificada de los hombres contra su miseria real, o sea, rindiendo cuenta de ella en función de una ideología social remitiendo a las relaciones de producción.

Y si sostenemos con Freud la primera tesis ¿Cómo no cuestionar el alcance esencial de la segunda? ¿psicoanálisis o materialismo histórico? Marx es ciego al deseo, dice uno, y en consecuencia a las raíces mismas del hombre, Freud ignora la dialéctica de las relaciones sociales, que es la base de todo hecho humano, dice otro.
Sève


“Por qué la guerra?” es otro de los escritos “sociológicos” de Freud. En él encontramos un pesimismo explícito que pronostica el eterno retorno de las guerras argumentando sobre la inutilidad de pretender poner fin a la pulsión de muerte, el odio y la agresividad de las personas. Este libro fue obsequiado por Freud a Mussolini con una dedicatoria elogiosa que consta en el ejemplar de los Archivos Nacionales de Roma y dice:

“A Benito Mussolini, con el saludo respetuoso de un anciano que reconoce en la persona del dirigente a un héroe de la cultura. Viena, 26 de abril de 1933”Freud

Pese a lo voluminoso de su obra, podríamos decir que Freud no utilizo mucha tinta a la hora de criticar el capitalismo ni tampoco al fascismo. De hecho las citas dan fe de que nos fue mucho más fácil encontrar en sus textos una crítica al comunismo y a los bolcheviques. A continuación otro ejemplo de su escrito donde insiste con la crítica a los bolcheviques:

También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión. Freud

Incluso hoy quienes intentan rescatar el freudomarxismo buscan relativizar las posiciones políticas de Freud reconociendo a regañadientes que no era socialista “pero que tampoco era un enemigo del socialismo”.

A su vez conservan las aspiraciones sociológicas del psicoanálisis para tratar de esclarecer el origen subjetivo de las derrotas y claudicaciones de la clase. Algo que corresponde a la sociología y no a una “psicología” ideologizada, domesticada y aburguesada que históricamente en la pluma de su propio fundador ha deslegitimado insurrecciones y revoluciones.




DATOS HISTÓRICOS


La IPA (Asociación Psicoanalítica Internacional) a lo largo de la historia siempre ha sido conservadora o coloquialmente hablando, de derecha. El propio Freud avaló que los miembros marxistas sean excluidos. Cualquier intento de aportarle al psicoanálisis una perspectiva de izquierda fue acusado de desviación. Reich fue expulsado a causa de su “bolchevismo”, palabra empleada por Freud en una carta fechada el 17.1.32. También fueron apartados Marcuse y Fromm, entre otros.

Roudinesco cuenta que Reich “Acusó a los psicoanalistas de haber abandonado la libido y de querer domesticar el sexo, aceptando el principio de una adaptación del individuo a los ideales del capitalismo burgués. En un primer momento, aunque no compartía las opiniones del joven, Freud lo encontró más bien simpático: esa simpatía duraría poco, y Freud no tardó en detestar a Reich, al punto de querer eliminarlo del movimiento psicoanalítico”.

En el ámbito nacional, dentro de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) se produce una ruptura en el año 1971 dando surgimiento a los grupos PLATAFORMA y DOCUMENTO. La escisión estaba motivada en parte por la falta de compromiso social de la institución con relación al clima de época del Cordobazo, pero mayormente por reclamos relacionados a la democratización de la asociación basados en desacuerdos con la formación elitista, el monopolio de la educación y la exigencia de ser médicos para poder formar parte.

Durante la dictadura militar el rol institucional y los posicionamientos de las asociaciones psicoanalíticas suministraron una complicidad civil y funcionaron guardando un silencio “neutral”, incluso frente a la desaparición o intimidación de sus propios miembros más cercanos. Hay también algunos casos (aislados) de psicoanalistas sospechados de hacer listas negras y ser colaboracionistas, caso de Casalla. En el libro “La Voluntad” de Caparros se mencionan testimonios sobre la presencia de psicoanalistas vistos en centros de detención y tortura aunque no lograron ser identificados.

No es casualidad que en esa época hubiera un avance de la corriente psicoanalítica más conservadora y estructuralista lacaniana ya que su descompromiso social irritaba menos a la clase dominante. En mismo sentido conservador vale recordar a la famosa psicoanalista francesa Francoise Dolto especializada en pediatría y de gran prestigio internacional que al ser consultada sobre qué hacer con los hijos de desaparecidos apropiados por los militares respondió: “Déjenlos donde están porque separarlos de los apropiadores sería ocasionarles un segundo trauma”.

Psicoanalistas franceses fueron también quienes popularizaron aberrantes explicaciones sobre las causas del autismo, culpabilizando a las madres de los niños con acusaciones de supuestos embarazos no deseados y una mala crianza que incluía la caracterización de “madres heladera”. Con base en prejuicios, ausencia total de empatía y en contraposición a cualquier noción mínima de derechos humanos lo que se intentó fue que esas mujeres “tomen conciencia” de haber sido causantes del autismo de sus hijos.

Esto a su vez se puede relacionar con las denuncias de implantación de recuerdos falsos, donde se violentó hasta tal punto la asociación “libre” con el artilugio del inconsciente y la represión que hasta tuvieron que surgir organizaciones en defensa de pacientes para denunciar que psicoanalistas les habían introducido recuerdos falsos que jamás habían ocurrido.

La intervención en el proceso asociativo mediante sugerencias de interpretaciones por parte de los analistas, sumado a los condicionamientos de la propia teoría, hacen que tarde o temprano los pacientes lleguen a los temas claves del psicoanálisis: la sexualidad y la muerte. Todos los caminos conducen a Roma cuando se subordinan las asociaciones al marco interpretativo, ignorando todo lo demás bajo el rótulo de resistencia o palabra vacía.

“Lo que el paciente dice en análisis está a veces en relación con sus verdaderos problemas, pero siempre estará en relación con los dogmas del analista. Éste filtra aquello que está de acuerdo con sus propias premisas y doblega las asociaciones del paciente a sus marcos de interpretación; el analista es por lo demás altamente responsable de los temas que van apareciendo”.Rillaer

Bleger, apoyándose en Politzer, reconoce que la vida interior se transforma en mito cuando se la extrae y aísla de la totalidad de la persona y se la convierte en cosa con naturaleza y existencia propia. Lo que debe estudiar la psicología es la persona concreta y no abstracciones que lo deshumanizan y despersonifican. La abstracción elimina al sujeto de la ecuación psicológica y toma los hechos psicológicos en sí mismos, de modo impersonal.

Hay un acentuado esfuerzo por remitir todos los casos a una realidad profunda y desagradable a la cual se llega venciendo las resistencias del paciente. Explicaciones improbables, sofismas, interpretaciones arbitrarias y forzadas, que no examinan los hechos psicológicos en función de la vida del sujeto.

Eysenck: “Un psicoanalista ingles atribuía el malestar que existía en el sector del carbón al conflicto inconsciente que los mineros experimentaban cuando tenían que utilizar un pico (símbolo fálico) para hendir la tierra (símbolo materno)”.

Cuando las luchas por reivindicaciones se interpretan como subproducto de complejos entonces el psicoanalista se vuelve cómplice de los explotadores y anula la dimensión socio-política con el disfrazamiento de las condiciones de vida y explotación a la que están expuestos los obreros.

¿Un paciente tiene un conflicto con el patrón y los obreros hacen una huelga? El psicoanalista lo interpreta mediante el complejo de Edipo. Estas son las pseudoexplicaciones de un psicoanálisis degradado y convertido en apología del orden social constituido.

El ejemplo de los mineros sirve de muestra del uso reaccionario que se le han dado a las ideas freudianas. Fue Freud quien considero la tierra como símbolo materno en sus escritos sobre el onanismo. Practica que, debido a los fantasmas que la acompañan, consideraba nociva, antisocial, regresiva, antinatural y responsable de causar neurosis. Llegando a desaconsejarla hasta el extremo de legitimar el método de psicróforo que consistía en una inyección de agua fría por la uretra.

El conservadurismo de Freud se hace evidente incluso en aquellos aspectos en los que el imaginario social lo cree liberador. Del mismo modo que condenó la revolución de sexual de Reich, también se hubiera opuesto a quienes hablaron en su nombre sobre toda forma de liberación en los tiempos del mayo francés.

Las investigaciones de Dominique Frischer sugieren que hay una tendencia por parte de los militantes políticos a terminar abandonando su militancia y compromiso social durante los tratamientos psicoanalíticos. Este dato contribuye a correr el velo sobre cualquier pretensión de neutralidad o asepsia ideológica. Es innegable que las ideas religiosas y políticas de los psicoanalistas afectan en la práctica profesional y repercuten en la vida de los pacientes.

Dicho de otro modo, según la orientación del psicoanalista y las ideas religiosas y políticas que tenga, estas inevitablemente influirán en sus intuiciones sobre lo anda mal en el paciente. Szasz: “Que X sea un síntoma psíquico implica formular un juicio que entraña una comparación tácita entre las ideas, conceptos o creencias del paciente y las del observador, y la de la sociedad en la cual viven ambos”.

Recuerdo haber leído la nota de un psicoanalista intentando explicar el triunfo electoral de una fuerza política mediante el “masoquismo” de la población y realizando toda clase de etiquetamientos y estigmatizaciones a los militantes. No será de extrañar que también haya quienes intenten hacer coincidir posturas políticas con tal o cual estructura psíquica para posteriormente darle algún “tratamiento”.




GÉNERO y CLASE


Si tomamos en cuenta los pacientes de Freud veremos que no predominan precisamente los obreros y agricultores. Sino más bien personas ricas e instruidas, que a diferencia de los proletarios supuestamente se adaptarían con menos dificultad a la conversación psicoanalítica a causa de una mayor imaginación.

A los prejuicios de clase freudianos podemos sumarle la misoginia según vemos en el siguiente intercambio epistolar entre Jung y Freud, el primero escribe: «El análisis en las personas incultas es un trabajo muy duro». Y Freud le responde: «Si hubiese querido organizar mis afirmaciones según las indicaciones dadas por las señoras de la limpieza, sólo hubiese obtenido casos negativos (...) La suerte que tiene la terapéutica consiste en el hecho de que primero hemos aprendido tantas cosas en los demás casos que podemos contarles, nosotros mismos su propia historia a esas personas, y sin esperar su contribución. Entonces lo confirmarán a buen seguro; pero nada podemos aprender de sus casos».

Son precisamente ese tipo de razonamientos los que le han valido a Freud las acusaciones de confundir “humano” con “burgués de Viena”. Tuvo un trato frecuente y casi exclusivo con pacientes pertenecientes a la burguesía, con condiciones de vida mucho más favorables que las de las mayorías oprimidas, y donde aparece como secundario el análisis del plano socioeconómico y sus implicancias psíquicas en la subjetividad. Además aborda la constitución subjetiva desde criterios patriarcales que se siguen utilizando hoy en día para descalificar a los movimientos feministas.

La descripción general que hace de las mujeres tiende a caracterizarlas como sentimentales, movidas por sus pasiones y sus instintos, sin basar su comportamiento en la razón o la inteligencia. Y el hombre, por el contrario, entendido como ser de razón, reflexión y pensamiento. Es por eso que no sorprende que en el texto “Moises y la religión monoteísta” señale que el pasaje del matriarcado al patriarcado constituyo un progreso para la cultura. En donde lo masculino aparece como sinónimo de “fuerte y activo” y lo femenino asociado a lo “débil y pasivo”.

«Es menester admitir que las mujeres tienen escaso sentido de la justicia, y esto se relaciona, sin duda, con el predominio de la envidia en su vida anímica, pues la exigencia de justicia es una elaboración de la envidia; ofrece las condiciones que hacen posible darle libre cauce. Decimos también que sus intereses sociales son más débiles que los de los hombres, y que su capacidad para sublimar los instintos es menor que la de aquellos»Freud

Sus ideas estan en oposición irreconciliable con los debates de género en los que se realizan críticas al binarismo y a las concepciones biologicistas. Freud decía que la anatomía es el destino y que las mujeres están sometidas a su fisiología de tales. Esa fisiología femenina es concebida como una interrupción con respecto al modelo fálico que la convierte en un “hombre inacabado”.

Freud creía que la mujer no debía buscar la autonomía y que su papel era ser una buena esposa y una buena madre. “Puesto que la naturaleza dio a las mujeres la belleza, el encanto y la bondad, que no pidan más” le escribía a su compañera.

Desde ese lugar común la liberación de la mujer es entendida como una amenaza porque una mujer emancipada, por su liberación misma, muestra hostilidad hacia los hombres. Plantea que el cuerpo femenino es una “criatura mutilada” y que la mujer se ve inferiorizada por esa falta. Inferioridad que desde los comienzos de la humanidad la sometió a la dominación masculina, dejando huellas en el inconsciente de tal sumisión.

En lo que refiere a las relaciones de pareja, Freud sostenía que se basan siempre en el dominio que ejerce uno de los integrantes y la sumisión del otro. Es incapaz de problematizar y poner en palabras los vínculos entre patriarcado y capitalismo, entre género y clase. Su concepción esta profundamente enraizada en las relaciones burguesas. Lo que quizás sea menos conocido es la insistencia de Freud en que la relación entre el psicoanalista y el paciente también debe ser la de “un superior y un subordinado”.

Freud le dice a Wortis después de tres meses de análisis: «Tiene usted que ir aprendiendo a absorber ciertas cosas y a no discutirlas. Tiene usted que cambiar de actitud (...) Acepte lo que se le dice, reflexione sobre ello, y digiéralo. Ésta es la única manera de aprender. Hay que tomarlo así o dejarlo correr»

Mención aparte merece el caso de la militante socialista y feminista Emma Eckstein que termino desfigurada por Freud y Fliess quienes con teorías extravagantes la sometieron a operaciones que la dejaron al borde de la muerte y le ocasionaron graves padecimientos. Esta dupla de aficionados a la numerología y el ocultismo se negaron a reconocer la responsabilidad y los errores tanto en el diagnóstico como en lo ocurrido durante la operación experimental que tuvo por olvido medio metro de gasa quirúrgica en la fosa nasal de la paciente.

La falta de perspectiva de género en el psiconálisis ha llevado a que cada vez más feministas desaconsejen acudir a ese tipo de espacios en los cuales los testimonios de las pacientes pueden ser puestos en duda por analistas que acusan de no distinguir entre lo real y aquello que sería del orden de la fantasía. Además, las relaciones de pareja concebidas en términos de inevitable dominio y sumisión, la compulsión de repetición, y la popular creencia psiconalitica de gozar padeciendo son el andamiaje perfecto para seguir sosteniendo concepciones patriarcales y vínculos opresivos.




CRIMINOLOGÍA


Como vimos en la primera parte, Freud tenía una preocupación por los iletrados y oprimidos que era planteada de modo similar a los discursos punitivistas y que resulta coincidente con la teoría de prevención general negativa. Esta teoría legitimante del poder punitivo se estudia en derecho penal dentro de las teorías relativas de la pena y se ha demostrado falsa.

Si uno no tiene permitido matar a su prójimo por la única razón de que el buen dios lo ha prohibido y cobrara castigo en esta o en la otra vida, y ahora uno se entera de que no existe el buen dios, tampoco habrá que temer su punición y uno matara sin reparos; solo la violencia terrenal podrá disuadirlo de elloFreud

El razonamiento de Freud sigue la lógica del mercado, según la cual el “iletrado/oprimido” antes de matar consultaría en los mandamientos religiosos para hacer el cálculo racional de si eso le costaría el infierno o no. Y cuando se entera que dios y el infierno no existen entonces el iletrado podría ser propenso a ir por la vida matando a los demás. Aunque desde el sentido común eso pueda tener sentido, lo cierto es que la disuasión que logra la amenaza de pena es mínima y en la práctica ese cálculo racional no se realiza. La mejor prueba de esto es que el endurecimiento de las penas nunca resuelve los conflictos y solo genera más violencia.

Incluso hasta el garantismo liberal criticaría ese tipo de concepción legitimante de la pena porque acarrea habilitar un poder punitivo “terrenal” con fines ilusoriamente preventivos en donde la intención de disuadir a cualquier precio hace que se pierdan todos los parámetros y escalas penales teniendo solo como tope la pena capital. A fin de cuentas ¿Cuál sería la pena que sirva de equivalente disuasorio a una eternidad en el infierno? ¿Será que Freud cae en el psicologismo de tratar la punición como una amenaza potencial en los términos del “complejo de castración”?

En lo que respecta a la cuestión criminal las elaboraciones de las teorías criminológicas psicoanalíticas no son mucho más ingeniosas, al contrario, constituyen una variedad de reduccionismos alegando diferentes causales: la deficiencia del super-yo, simbolismos, frustraciones, sentimientos de culpa, etc. Estos modelos explicativos remiten siempre a un aspecto individualista ignorando la dialéctica de las relaciones sociales. Tienen un enfoque que aspira a ser dialéctico, integral y bio-psico-social pero que siempre hace aguas en lo social.

En relación con la teoría psicoanalítica del simbolismo se puede sostener que todo objeto, toda acción, toda persona puede tener un valor simbólico inconsciente y representar por tanto cualquier cosa diversamente. El mismo delito de hurto no siempre puede ser explicado como deseo de riqueza porque el objeto robado puede representar el amor y la persona agredida puede representar a otra a la que se le desea hacer un mal. En los delitos llamados ‘políticos’ el punto de partida es la ecuación inconsciente que el sujeto hace entre padre y estado, por lo que el odio hacia la figura paterna puede desarrollarse en rebelión política; en los mismos términos podrían ser explicados los delitos vandálicos en relación con aquellos bienes que de algún modo representan a la autoridad. Otras explicaciones del comportamiento criminal pueden extraerse de la teoría freudiana del sentimiento de culpa: el individuo puede considerar la pena como un posible alivio a su excesivo e intolerable sentimiento de culpa y por esta única razón cometer un delito.Pavarini

Un delito tan común como el robo ni siquiera es puesto en relación con un cuestionamiento de la propiedad privada ni con el estatus social de quien lo comete. Las explicaciones del caso a caso no pueden explicar la composición carcelaria ni la selectividad del poder punitivo, ni el efecto deteriorante de las cárceles. Hay muchas aristas sociológicas y económicas que estan fuera del ámbito del diván. Pero para Freud con las condiciones económicas no se explica nada, lo que importa son las mociones pulsionales y el placer de agredir.

Es algo característico y contrarrevolucionario el modo en que se interpreta como un síntoma a cualquier comportamiento no conformista con el sistema. Como si la lucha por la transformación social se tratase de algo yoico racionalizado, intelectualizado, y desconectado del deseo genuino. Prevalece la ideología y el interés por formatear individuos que se adapten e integren a la sociedad capitalista previamente despojados de ideas raras de revolución, y especialmente de “ilusiones” comunistas.

Imaginemos lo desgastante que puede llegar a ser discutir la teoría marxista del estado con psicoanalistas que lo asocian con la figura paterna y que no pueden salirse de su andamiaje teórico cargado de ideología. Expertos del inconsciente que todavía no han alcanzado la conciencia de clase y que hacen una apología del orden constituido sin darse cuenta, esbozando conjeturas de criminología sobre bases biologicistas y fatalismos pulsionales.

Lo más que se puede esperar de quienes reniegan de la tesis XI, es que utilicen el diván para intentar resocializar y “transformar” los padecimientos en infortunios corrientes. La tendencia a subjetivizar los problemas de la vida enmascarando problemas socioeconómicos y culturales hasta reducirlos en defectos de socialización y control de pulsiones se acompaña con la carta de buenas intenciones para enseñar a vivir mejor en un mundo que creen imposible de cambiar.

El criminal es asi quien no esta suficientemente socializado, quien no consigue reprimir sus propios impulsos antisociales; en resumen, es el adulto que en ciertos aspectos continua aun niño. La figura del desviado se obtiene en negativo de la del sujeto sano, o lo que es lo mismo del sujeto que consigue mediatizar la satisfacción del propio placer a través de procesos ya sea de sublimación o de alejamiento-represión de los propios instintos. El hombre sano es asi el hombre integrado, que a través de un desarrollado super-yo, afronta con realismo y madurez la realidad adaptándose a si mismo en razón de las funciones sociales que realiza. El sentido de realidad, al que se llega a través del severo control de pulsiones, encuentra su propia comprobación en el éxito que se obtiene en el proceso de integración, esto es en la adhesión no conflictiva a los roles funcionales en que se estructura la sociedad. El criminal, como todo desviado, manifestara su defecto de socialización en la incapacidad de integrarse. Si el origen de la no conformidad a las funciones reside en última instancia en la defectuosa interiorización de las normas, el criminal es identificado con el enfermo mental, asi como lo es todo otro sujeto no conformista. Resulta asi evidente como una perspectiva de este tipo no puede más que sugerir una hipótesis terapéutica como solución al problema criminal.Pavarini

Todavía resulta casi revolucionario sugerir que el problema no radica en el individuo sino en el sistema de relaciones del cual forma parte. Aunque Freud haya intentado borrar la línea de lo patológico, no quita que los psicoanalistas realicen clasificaciones y diagnosticos estigmatizantes que conducen a la criminalización o invalidación de personas. Muchos de ellos actúan como peritos en los juicios, y aunque sus opiniones no sean vinculantes ejercen influencia sobre los jueces.

Un psicoanalista haciendose pasar por psicólogo en el marco de un juicio es el equivalente a un grafólogo sustituyendo a un calígrafo. Lo cual no quita el embrollo de que tampoco los psicólogos de otras corrientes contemplen de forma social los padecimientos de las mayorías e incurran en lógicas individualistas y adaptacionistas.

Podemos encontrar psicoanalistas que defienden una batería de medidas punitivas y hasta las internaciones involuntarias en instituciones totales que son aun peores que las cárceles. Tengamos en cuenta que el preso al menos sabe cuando va a salir, en cambio, el “paciente” involuntario puede quedar privado de su libertad por tiempo indeterminado según la legislación de cada país, y el grado de invalidación y de pérdida de derechos es mucho mayor, al punto tal de requerir permiso hasta para conservar los cordones de sus zapatos.

Hoy en día la criminología sigue siendo disputada entre abogados, psiquiatras y sociólogos, la integración de hipótesis psicoanalíticas solo conducirían a un inadecuado abordaje terapéutico individual. O peor aún, abonarían a un discurso legitimante de Estado terapéutico al estilo de distopía orwelliana.



SECTARISMO


Una de las características principales del sectarismo es la intolerancia a la crítica que sumada al dogmatismo resulta en un coctel explosivo que obtura todo dialogo posible. En el marxismo encontramos figuras como Trotsky que intentaron de buena fe interactuar con el psicoanálisis, prueba de esto es el intercambio epistolar con Wilhelm Reich y también algunos escritos en los que sugiere no descartar el enfoque especulativo de Freud pese a las conjeturas fantásticas.

No podemos decir lo mismo de Freud que directamente ni siquiera se interesó por saber de qué se trataba el marxismo. Uno podría pensar que por lo menos tangencialmente hubieran podido despertarle interés obras como “el origen de la familia..” de Engels, pero lo cierto es que en Berggasse 19 se cerraron las puertas a la bibliografía marxista.

También hay que decir que Freud construyó su propia leyenda presentandose a si mismo como un aventurero que había descubierto lo que para otros no habían sido más que intuiciones. Ni siquiera tuvo la humildad de reconocer las influencias de Nietzsche y Schopenhauer, y una buena parte de los conceptos que se atribuyen a su persona fueron tomados de otros autores menos conocidos.

Aunque haya perdido hegemonía a nivel mundial la figura de Freud sigue idealizada y sacralizada por la academia de algunos países como Francia y Argentina. El encuadre y dispositivo se han convertido en un sistema cerrado de verdades intangibles y una ortodoxia ideológica impermeable a la crítica, con la característica de haber despertado un enorme fanatismo entre sus seguidores.

«En ciertas ocasiones y por razón de la personalidad de algunos de sus representantes, el movimiento psicoanalítico ha dado muestras de un fanatismo que no encontramos habitualmente más que en las burocracias religiosas y políticas»Fromm

Sorprende el nivel de inserción que ha conseguido la terminología psicoanalítica en la vida cotidiana. Se busca el sentido oculto en las bromas, se llama la atención entre risas cuando ocurre un acto fallido y proliferan con ligereza frecuente los análisis indiscriminados de sueños.

En la interpretación de los sueños la definición freudiana de que “el sueño es el cumplimiento de deseo” se sostiene casi siempre mediante el uso de interpretaciones forzadas y el argumento de autoridad. El propio Freud llego a notar la presencia de excepciones y sueños recurrentes en personas que habían participado en guerras o accidentes. Además en otros casos si un sueño contradecía la hipotesis no tenía reparos en sugerir que la persona deseaba secretamente su fracaso y volvía a validar el concepto.

Otro ejemplo que llamo mi atención recientemente fue el de los guías que organizan recorridos en espacios de la memoria como por ejemplo la ex-ESMA, los cuales relatan que frecuentemente sueñan con secuestros. Podríamos encontrar un montón de excepciones que ponen en duda la regla de que los sueños sean un cumplimiento de deseo, pero los psicoanalistas pretenderían sortear cada una de esas incomodas excepciones mediante el uso de sofismas, arbitrariedad interpretativa o simplemente la negación.

Otro de los escollos que dificulta el dialogo tiene que ver con los procesos de invalidación automática. Buena parte de los psicoanalistas no pueden ver en sus críticos y disidentes más que proyecciones, resistencia y supina ignorancia. De hecho el concepto de resistencia aplicado a esos casos es uno de los más elásticos que existen y no hay reparos a la hora de psiquiatrizar, diagnosticar e invalidar. Esto ya era costumbre en el propio Freud hasta con sus discípulos cuando tomaban un camino diferente, por lo cual no sorprende que sea un hábito frecuente. También ocurre a la hora de explicar fracasos terapéuticos o efectos iatrogénicos.

«Si un paciente esta descontento con el tratamiento, es por efecto de una “transferencia negativa”, o de una “proyección de los malos objetos internos” (M. Klein). Si el paciente interrumpe el tratamiento, se trata entonces de un “acting out”. Si su estado empeora, entonces la evolución se explica por una “reacción terapéutica negativa”. Si se suicida, entonces su analista no tiene más que invocar la autopunición y la “pulsión de muerte”. »Rillaer

No hay chance de mala praxis con un arsenal de justificaciones defensivas que cargan la responsabilidad siempre sobre el paciente. Además pueden haber explicaciones que hagan referencia a que el paciente no colabora, que no quiere mejorar, que el síntoma es una satisfacción sustitutiva del deseo o cuestiones de beneficio secundario.

El cuestionamiento a los postulados de Freud constituye una herejía imperdonable y el tribunal de la inquisición freudiana puede llegar a interpretar la resistencia al discurso psicoanalítico como un indudable signo de neurosis que pone de manifiesto la necesidad de convertirlo en paciente, invitarlo al diván o simplemente invalidarlo. La mueca de una sonrisa burlona y cualquier referencia al inconsciente basta para darle la razón al analista.

«un buen número de psicoanalistas parecen haberse alimentado con el psicoanálisis desde su primer biberón, hacen de él su única referencia, y no saben nada que no sea Freud o Lacan».Roustang

Se pretende presentar el psicoanálisis como la explicación más profunda y general de la mayoría de los hechos humanos. Entre sus seguidores predominan los argumentos de autoridad, las alusiones a la «clínica» y la glorificación de Freud como el Mesías o El Maestro con mayúsculas. Los discípulos se vuelven obsesos textuales que repiten ad nauseam la doctrina de las sagradas escrituras, ya sea la biblia freudiana o el nuevo testamento lacaniano.

Esa visión del psicoanálisis como certeza universal y definitiva conduce a la celebración de la religión del texto sin contexto y aborda cada página de la obra a modo de un pergamino redactado por un sabio indiscutido al cual se debe defender a capa y espada contra viento y marea.

“Para el psicoanalista cuestionado, el «verdadero» psicoanálisis está siempre en otra parte, el discípulo de Freud replica que el psicoanálisis es de hecho «algo totalmente distinto». Responde sin cesar: «¡pero no es eso lo que Freud quiso decir!». A fuerza de estar siempre «en otro lugar», uno tiene la impresión de que el psicoanálisis no está en ninguna parte... Rillaer

El devoto no ve en el herético más que a un pecador, y el psicoanalista no ve en el crítico más que a un neurótico o un ignorante al cual invalidar por no haber accedido a la revelación de los ya iniciados. El sujeto reacio termina convertido en una incubadora de los procesos psíquicos que deberían ser tratados.

Tengamos en cuenta el uso opresivo y para nada liberador que puede dársele al psicoanálisis. Especialmente cuando su andamiaje conceptual es utilizado por personas dogmáticas que solo saben relacionarse clasificando, etiquetando, estigmatizando e invalidando. Desde antes de Foucault sabemos que se establecen relaciones de poder en el contexto terapéutico.

Esconderse detrás del prestigio alcanzado por Freud y repetir sus frases de memoria no tiene ningun mérito. Lo mismo podríamos decir de alguien que vea el marxismo como la única herramienta de análisis, salvando la diferencia no menor de que el marxismo es una invitación a pensar con cabeza propia y que Marx no tenía discípulos a los cuales invitaba a la sumisión de sus ideas tal como lo hacía Freud.

El psicoanálisis como cuerpo teórico constituye una expresión de la literatura burguesa con una enorme influencia en países aislados donde se ha convertido en best seller destacando en el género del ábrete sésamo de lo profundo. Pero también funciona como un aloe vera que se aplica para todo: análisis del discurso, criminología, sociología, arte, literatura, cine, etc. Ya dice el refrán popular que “quien mucho abarca poco aprieta”, imposible no asociarlo libremente con los pretendidos usos que se le dan al psicoanálisis. A la vista estan las ambiciones “imperialistas” en los campos del saber.

Freud se encargó de patologizar hasta las conductas más banales, pero considerándose siempre la excepción, como un experto inmune a las mistificaciones. Cuando se trataba de él un cigarrillo podía ser solamente un cigarrillo, pero si se trataba de los demás podía constituir un claro indicio de fijación oral o cualquier otra cosa.

Otros ejemplos son la relación de las personas con el dinero, su ahorro o despilfarro, estableciendo una conexión con el control de esfínteres. Las interpretaciones sobre los sueños, las bromas, los lapsus, y una larga lista de trivialidades de la vida cotidiana, bien pudieran haber sido consideradas síntomas evidentes de una suspicacia enfermiza en cualquier persona, pero que en la figura de Freud se vuelven magnánimos desciframientos sobre el inconsciente.

Pero lo que más me ha sorprendido es que hubiera sido un adepto a teorías extravagantes con interés por la numerología, ocultismo, trasmisión de pensamientos, telepatía, etc. La correspondencia con su amigo Fliess le quita toda seriedad mostrándolo supersticioso hasta el límite de tratar de establecer mediante cálculos misteriosos la edad de su muerte. Esa obsesión enfermiza con la muerte y sus creencias pseudocientíficas lo hicieron convencerse primero de que moriría a los 51 años y luego de que desaparecería en 1918. Murió 20 años más tarde…

Más allá de esto, como se puede apreciar en lo escrito hasta aquí no hay animosidad de hacer una crítica cientificista como la que podría hacer Mario Bunge, Karl Popper, Hans Eysenck, etc. Pero lamentablemente el psicoanálisis en muchos aspectos ha llegado a asemejarse a las religiones no admitiendo la posibilidad de ser cuestionado y replicando la lógica de los inquisidores al considerar tácita o expresamente herejes a quienes no estan entre sus filas.



ACLARACIÓN


Vale aclarar que esta nota no constituye una crítica global a la obra de Freud sino solamente a las posiciones políticas plasmadas en sus textos pretendidamente sociológicos, y faltaría un complemento en antipsiquiatría para lograr una visión de conjunto, pero por motivos de espacio he decidido que sea una nota por separado, además de que la antipsiquiatría excede por mucho las críticas de la presente nota y abarca diferentes paradigmas. Hago esta aclaración para anticipar que mi postura frente al psicoanálisis en modo alguno me hace menos crítico del reduccionismo biologicista de las neurociencias y de los criterios normalizadores de las Terapias Cognitivo Conductuales.

Algunos de los temas que serán abordados y que quizas puedan servir al menos de orientación para contextualizar lo desarrollado hasta aquí son: crítica a la biologización de la subjetividad, cuestionamiento al etiquetamiento y la estigmatización, paralelismos entre el Malleus Maleficarum y los manuales de diagnóstico como el DSM, antecedentes históricos de la psiquiatría, oposición a las hospitalizaciones involuntarias, torturas, lobotomías, electroshocks, crímenes de lesa humanidad, instituciones totales y sus efectos deteriorantes, intereses de la industria farmacéutica, vínculos entre ideología y enfermedad mental, resocialización, invalidación social. Estado terapéutico, control social, etc. Abolicionismo.





COMENTARIOS

Nos interesa conocer tu opinión. ¿Qué te pareció el contenido de la nota?