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Antipsiquiatría: Dialéctica de la liberación.


(Work in progress)


Había una vez… alguien que atrapó un pájaro y le pinto las alas de colores. Luego lo liberó cuando pasaba una bandada de su misma especie y el pájaro pintado aunque intento unirse a las demás aves fue rechazado y atacado hasta finalmente caer muerto. El psiquiatra húngaro Thomas Szasz en su epilogo de la fabricación de la locura retoma esta escena que da nombre a la obra de Kosinski y nos invita a reflexionar sobre como los psiquiatras pintan a las personas con diagnósticos, provocando muchas veces un final igual o más trágico que se sale de la literatura y se hace carne en los pintados.

A partir del momento en que la persona es convertida en objeto de estudio los psiquiatras ejercen el acto clasificatorio de modo tal que deshumanizan y cosifican a los individuos, los separan en categorías y asignan etiquetas que estigmatizan, degradan y atentan contra la dignidad humana.

Esto ocurre porque pensar en términos de ciencias naturales conduce a estudiar a los seres humanos como si fueran animales u objetos en el marco de una práctica psiquiatrica que se conjuga con la asignación de roles, deslegitimación, invalidación y el apresamiento en categorías que constituyen el modo mediante el cual los psiquiatras ejercen control, dominio y coerción.

Incluso fuera del ámbito psiquiátrico hay quienes tienen tendencia a rotular a quienes les rodean, mayoría de las veces guiados por prejuicios. Y hasta la llamada discriminación “positiva” o los premios honoríficos pueden constituir una forma de coerción que avasalla la integridad personal al momento de encasillar y etiquetar a la persona sin su consentimiento. Tenemos el ejemplo de Sartre al rechazar el premio nobel.

«Yo no me avengo a la descripción que los demás puedan hacer de mí», dijo al corresponsal de la revista Life.«La gente puede pensar que soy un genio, un escritor pornográfico, un comunista, un burgués, lo que quieran. Por mi parte, pienso otra cosa de mí».Sartre

Convengamos en que es mucho más frecuente rotular a alguien como paciente mental que tratar de endilgarle un premio nobel, pero ambos casos pueden generar subjetivamente similar aversión dependiendo de la perspectiva. La excesiva ligereza con la que se clasifica a las personas y el desmedido empleo de la terminología propia de los manuales de diagnostico esta presente también en discusiones de la vida cotidiana donde se deforman aun más sus significados y se utilizan como insultos para ridiculizar e invalidar a otras personas.

Los psiquiatras son por excelencia quienes clasifican y etiquetan individuos, pero al hacerlo no están descubriendo categorías que ya estaban ahí esperando ser descubiertas, sino que directamente crean dichas categorías mediante un acto de violencia psiquiátrica que esta incuestionadamente aceptado por la sociedad.

Las abundantes expresiones contenidas en manuales como el DSM nos les han posibilitado ni siquiera establecer un lenguaje común, porque la vaguedad y textura abierta se acompañan de un arbitrio interpretativo que es lo suficientemente amplio como para producir una aleatoriedad de diagnósticos e interpretaciones según el paradigma del observador, incluso entre quienes tengan el mismo enfoque.

El acto de clasificación es un acto de coerción y de violencia sutil que reviste una importancia significativa por el efecto lesivo que puede tener sobre las personas y por los diversos usos que se le pueden dar en lo que refiere a la segregación y el control social, realizado frecuentemente con anuencia de familiares, médicos y el Estado.

Los efectos de la violencia psiquiátrica se pueden abordar desde la esfera interna de los sujetos con características como la vivencia degradante y la portación de estigmas. Y también desde la dialéctica de las relaciones sociales que se dan en el marco del sistema capitalista, la mercantilización de la salud, el verticalismo en relaciones de poder y una cultura represiva que ejerce control social y encuentra en la psiquiatría una faceta punitiva con disfraz humanitario.

El enfoque marxista es indispensable para establecer vínculos con otros temas que puedan servir de puente a la hora de enlazar ideas, pero sin ánimo de forzar analogías. Por ejemplo, una concepción del mundo en términos de lucha de clases nos permite abstenernos de hacer caracterizaciones que recaen superficialmente sobre burgueses aislados y enfocarnos en cambio en la crítica de toda la sociedad de clases, sin que eso implique necesariamente diluir al sujeto en la clase tal como criticarían existencialistas.

En esa misma línea cuando criticamos el rol de la policía en la sociedad no hacemos distinciones entre policías “buenos” y policías “malos”, sino que cuestionamos toda la institución de conjunto. En modo similar hacemos algo parecido con la iglesia y el rol social que cumplen las religiones como opio de los pueblos. Por eso creo conveniente ver a la psiquiatría institucional como un todo que se sitúa más allá de las particularidades tal o cual burgués, policía, eclesiástico o psiquiatra.

De hecho esta nota esta basada mayoritariamente en el estudio de obras de psiquiatras que claramente son la excepción a la regla y que se han atrevido a a cuestionar la psiquiatría desde su epicentro y con un enfoque sociológico. El termino antipsiquiatría, fue acuñado por el psiquiatra sudafricano David Cooper y refiere a un movimiento contracultural que incluye a otros psiquiatras como Thomas Szasz, Ronald Laing, Franco Basaglia, y pensadores como Foucault y Goffman, entre otros.

El denominador común de este movimiento fue el repudio a la psiquiatría y al prontuario de prácticas aberrantes perpetradas a lo largo de su historia en nombre de la ciencia y la salud mental. Empezando por las lobotomías que fueron consideradas un inmenso avance “científico” en el tratamiento de enfermedades psiquiátricas. Cuando en realidad eran lisa y llanamente tortura con el dolo de saber y querer causar daño cerebral hasta que la víctima se convirtiese es un despojo humano lo suficientemente dócil. Estas “psicocirugías” llegaron a practicarse incluso en bebes que “lloraban mucho” allá por los años 30’.

Otro procedimiento controvertido y repudiable fue la aplicación de descargas eléctricas o electroshocks a la cual llamaron “terapia electroconvulsiva” y que hace recordar a Jack Nicholson en Atrapado sin salida o a las picanas de torturadores en la dictadura.

A partir de los años 60’ aparecen las pastillas mágicas de los grandes laboratorios, y se normaliza la medicación forzada con neurolépticos que suponían representar un descubrimiento revolucionario en el campo de la salud mental. Fue cuestión de tiempo para que aparecieran efectos colaterales como la disquinesia tardía.

Pero los orígenes de la práctica psiquiátrica son más lejanos y pueden rastrearse mediante estudios comparativos con la inquisición de la edad media. Tiempo en que los médicos hacían de auxiliares para la detección de “brujas” mediante el descarte de enfermedades orgánicas. La historiografía oficial hace una lectura de aquella época reemplazando la sospecha de “brujería” por una sospecha de “enfermedad mental”. Segun esas versiones las mujeres quemadas en la hoguera no eran brujas sino que tenían problemas psiquiatricos que habían sido mal interpretados por la fuerte influencia religiosa de la época. Lo que no se tiene en cuenta es que las fuentes en que se basan son los relatos de los propios inquisidores que obtenían “confesiones” con la tortura y por lo tanto no se les puede conceder ninguna veracidad.

La sospecha de enfermedad mental en las “brujas” las desincriminó por un lado y las condeno por otro porque ni siquiera se considero la posibilidad de que fueran mentalmente sanas y cuerdas, es decir, inocentes víctimas de la misoginia y crueldad medieval. Además contribuyo a abrirle paso a los psiquiatras para ocupar el lugar de los antiguos inquisidores utilizando manuales de diagnóstico aggiornados a nuestro clima cultural más laico y “científico” pero que constituyen una adaptación libre o remake disimulada del Malleus Maleficarum. Y cuestionar la “enfermedad mental” es tan arduo en nuestro presente como intentar despojar a los antepasados demonólogos de las supersticiones sobre brujería.

En la edad media cuando un médico no podía determinar el origen orgánico de una enfermedad lo que hacía era atribuirla a la brujería. En nuestro tiempo el médico cuando no encuentra bases orgánicas que le sirvan de explicación hace algo similar pero reemplazando esas supersticiones de brujería por un catalogo cada vez más enorme de enfermedades mentales.

la enfermedad mental no es una cosa u objeto material, y por ende solo puede existir en la misma forma en que lo hacen otros conceptos teóricos. Sin embargo, es probable que las teorías muy difundidas se presenten tarde o temprano, a los ojos de quienes creen en ellas, como «verdades objetivas» o «hechos». En determinados períodos históricos, conceptos explicativos tales como las deidades, las brujas y los instintos parecían ser no solo teorías sino causas evidentes por sí mismas de un vasto número de fenómenos. En la actualidad, la enfermedad mental es concebida en buena medida de manera análoga, vale decir, como la causa de una cantidad innumerable de acontecimientos diversos.Szasz

La llamada “enfermedad mental” ha tenido históricamente una infinidad de nombres distintos: locura, insania, demencia, neurastenia, psicopatía, manía, esquizofrenia, neurosis, psicosis, fracaso del yo, pérdida del control yoico, enfermedad o trastorno emocional, enfermedad o trastorno psicológico, enfermedad o trastorno psiquiátrico, inmadurez, fracaso social, inadaptación social, trastorno de conducta, etc. Algunas expresiones se descartan y son reemplazadas por otras que en el contexto de época suenen más terapéuticas, acuñando nuevos rótulos a medida que el sentido peyorativo hace perder el camuflaje semántico.

Incluso referentes del psicoanálisis, que han sabido ser críticos de la psiquiatría, emplean diagnósticos estigmatizantes con connotaciones peyorativas para disfrazar la condena personal o hasta para invalidar o silenciar a sus detractores. El propio Freud que intentaba escapar del uso de epítetos peyorativos en el consultorio, no dudaba en emplearlos en sus escritos aunque protestara en sentido contrario.

En este punto hay matices entre positivistas extremos por un lado, y los enfoques dialécticos que rompen con las separaciones tajantes en lo bio-psico-social por otro. Pero tantos unos como otros buscan arrogarse la bandera de la “salud mental” invisibilizando sus funciones punitivas y sobretodo negando la carga ideológica de su contenido apelando a metáforas médicas o a una ética que se da por sentado.

La teoría y práctica de los psiquiatras tiene un contenido elevado de ética, moral e ideología que permanece disimulado por las batas blancas de los médicos y que por la pretendida ligazón con la medicina acarrea una transferencia de estatus y legitimidad que la psiquiatría por si sola no hubiera podido alcanzar.

¿Qué clase de conductas se consideran indicativas de enfermedad mental, y quiénes las consideran así? ¿Respecto de qué norma se estima que la enfermedad mental constituye un apartamiento? ¿Quién define las normas, y por ende el apartamiento de ellas? ¿Qué sucede si estas «enfermedades» son en gran medida conflictos humanos? Aqui algunas de las preguntas que solo un puñado de psiquiatras se han atrevido a formular haciendo notar que aunque el apartamiento se mide respecto de un patrón psicosocial y ético, el remedio se sigue buscando en procedimientos médicos reduccionistas.

La psiquiatría es una pseudociencia social, hija bastarda de la medicina, que parodia incoherentemente el uso de terminología médica del mismo modo que lo hacen los astrólogos con la astronomía. La noción de enfermedad mental esta atravesada por una fuerte carga ideológica desde sus cimientos y los parámetros de evaluación psiquiátrica poseen una elasticidad tan amplia que habilita a patologizar de forma antojadiza cualquier conducta. No sorprende en lo más mínimo encontrar la expresión “no especificado” en manuales como el DSM.

La formulación de un concepto generico de “enfermedad mental” y la enorme proliferación de subcategorías en manuales de diagnósticos incluyen el uso de toda clase de etiquetas que se intentan igualar con enfermedades orgánicas bajo el engañoso slogan de que «la enfermedad mental es como cualquier otra enfermedad».

La práctica psiquiátrica incluye por default el sesgo confirmatorio que se aprovecha de la plasticidad y diversidad humana para encontrar indicios de lo que se les de la gana con excesiva ligereza y frecuencia sospechosa. Tomemos como ejemplo los tests proyectivos tales como el Test de Rorschach o el Test de la Percepción Temática.

“Cuando un psicó­logo clínico administra dicho test a la persona que le ha sido transferida por el psiquiatra, espera tácitamente que el test demuestre algún tipo de «patología». Al fin y al cabo, un psiquiatra competente no recomendaría a una persona «nor­mal» para tests tan costosos y complicados. El resultado es que el psicólogo encuentra alguna clase de patología: el pa­ciente es «histérico» o «deprimido» o «psicótico latente» o, si todo lo demás fracasa, «muestra señales sugestivas de organicidad». Toda esta jerigonza mágica y jerga pseudomédica sirve para reafirmar al sujeto en el papel de paciente mental, al psiquiatra en el papel de doctor y al psicólogo clínico en el papel de técnico paramédico (que «analiza» la mente del paciente en vez de su sangre). Durante más de veinte años de labor psiquiátrica, jamás he visto a un psicólogo clínico in­formar —sobre la base de un test proyectivo— que el sujeto es «una persona normal y mentalmente sana». Mientras que algunas brujas sobrevivieron a la inmersión, ningún «loco» sobrevive al examen psicológico”.Szasz

La propia experiencia de un psiquiatra da cuenta de como los resultados de tests proyectivos tienen tendencia a arrojar datos que se interpretan in malam partem contra el paciente. Y si excepcionalmente no fuera asi el psiquiatra buscaría otro examinador auxiliar que le confirme sus prejuicios antes que reconocer su mal juicio.

Los profesionales de salud mental tienen una injerencia enorme sobre la vida de las personas que pasa desapercibida. Pueden ser determinantes en el sector de recursos humanos para selección de personal, influir sobre jueces respecto a si un sujeto puede ser sometido a proceso, opinar sobre criminología como peritos expertos, o hasta decidir sobre aptitudes mentales para conducir un vehículo o realizar un aborto.

Pero lo más preocupante es la impunidad que les garantiza el apoyo estatal legitimando sus prácticas. El estado indefectiblemente clasista encuentra en la psiquiatría un instrumento opresivo que patologiza cualquier conducta que rompa el equilibrio entre la persona y su entorno socio-cultural. Considerando la subordinación al orden burgués constituido, como un valor positivo e indicador de madurez, mientras que ponen bajo sospecha, criminalizan y psiquiatrizan a los oprimidos e inadaptados del sistema.

Freud por ejemplo describía a las masas como incultas y hostiles a la cultura, la cual debía ser necesariamente represiva contrarrestando la pulsión de muerte como precio para la civilización. Desde diferentes corrientes psiquiatricas se toma como parámetro de salud mental el grado de adaptación alcanzado por el individuo respecto a la sociedad capitalista. En este proceso se guían por juicios morales y valoraciones políticas apologistas del statu quo que conciben la integración a la barbarie capitalista como sinónimo de cordura, sana sublimación y adecuada socialización.

En corrientes que sean más cercanas a las neurociencias sera mayor la biologización de la subjetividad y los reduccionismos que desatienden lo psico-social. Con la salud convertida en mercancía y subordinada a la rentabilidad anteponiendo los intereses económicos a la hora de alentar o desalentar investigaciones sin importar las necesidades sociales en caso de que éstas tengan “poco sentido comercial”.

No es de sorprender que representantes y asociados reclamen para si una mayor injerencia defiendan instituciones totales y la práctica clasificatoria con diagnósticos que descaradamente llevan hasta el nombre propuesto por el departamento de marketing de las farmacéuticas con sus pastillas mágicas de felicidad instantánea. Conferencias y viajes pagos por la industria farmacéutica y otra clase de estímulos que no son solo económicos sino también de ilusión de poder que genera la dialéctica del amo y el esclavo.

Otra de las esfera de interés de los psiquiatras es la ya mencionada criminología que se arguyen como disciplina propia formulando pseudoexplicaciones de las causas de la criminalidad que van desde una mala socialización hasta problemas en el lóbulo frontal. Intervienen como peritos pero les encantaría arrogarse facultad de tener la última palabra con efecto vinculante y muchas veces consiguen mover el amperímetro en las escalas penales.

Desde diferentes paradigmas, pese a las concepciones opuestas de la mente humana que puedan tener, los profesionales del área de “salud mental” no dejan de participar en la consolidación de la práctica clasificatoria entre sanos y enfermos aunque no lo digan a viva voz en los consultorios.

Y cuando los citan para emitir opiniones en el marco de un juicio no hacen otra cosa que amoldarse a dichas categorías sin cuestionarlas y recibir luego la recompensa económica por participar del juego de poner etiquetas. Los matices pueden ser discusiones hipócritas en un café sobre la diferencia de calidez humana entre llamar a alguien paciente o cliente, pero ninguno se atrevería a decir que el “loco” es el juez.

Aunque la enfermedad mental sea poco más que una metáfora, son mayoritarias aquellas concepciones contrarias que le asignan una existencia objetiva, obvia y evidente. Es asi que se supone que una persona tiene o no tiene una enfermedad mental del mismo modo que si se tratase de diabetes o tuberculosis.

Grandes personalidades de la historia han sido declaradas insanas por conveniencias políticas y exigencias sociales. Y otras veces por puro deporte y los malos hábitos de la profesión. Ni los muertos se salvan del etiquetamiento psiquiatrico, basta con citar algunas frases de la metamorfosis y decir que Kafka tenía una cara de loco bárbaro para adjudicarle post-mortem el mote de psicótico sin ápice de duda al respecto.

La psiquiatría (junto con sus dos disciplinas hermanas, el psicoanálisis y la psicología) ha reclamado para sí áreas cada vez más vastas de la conducta personal y de las relaciones sociales. Todas las dificultades y problemas de la vida se consideran afecciones psiquiátricas, y todas las personas (salvo la que hace el diagnóstico) están mentalmente enfermas. Szasz

Las creencias religiosas, ideología política y clase social del observador van a ser determinantes en los diagnósticos y “peligrosidad” del individuo observado. Si un comunista dice que el Estado es un órgano de dominación de clase que administra los negocios de la burguesía, puede que sea categorizado como paranoide o tildado jocosamente de conspiranoico por el simple hecho de tener conciencia de clase y adherir a una concepción del mundo minoritaria no compartida por el observador.

El paciente puede asegurar que es Napoleón o que lo persiguen los comunistas; estas afirmaciones solo se considerarán síntomas psíquicos si el observador cree que el paciente no es Napoleón o que no lo persiguen los comunistas. Se torna así evidente que la proposición «X es un síntoma psíquico» implica formular un juicio que entraña una comparación tácita entre las ideas, conceptos o creencias del paciente y las del observador y la sociedad en la cual viven ambos. La noción de síntoma psíquico está, pues, indisolublemente ligada al contexto social, y particularmente al contexto ético.Szasz

Algo similar puede llegar a ocurrir si empezamos a dudar sobre si la psiquiatría sea o no una rama de la medicina, o de sus aspiraciones científicas. Y más si hacemos un análisis de sus funciones de control social y su pasado inquisitivo incluyendo una crítica a la industria farmacéutica y a la biologización de la subjetividad tan de moda en las neurociencias.

La distinción entre esencia y apariencia nos permite tener en cuenta el rol que cumple la psiquiatría en la sociedad en lo que hace a su función real, es decir, más allá de lo meramente declarativo y manifiesto expresado por sus representantes y asociados, que se autoperciben como benévolos bien intencionados guardianes de la salud mental.

Con frecuencia en la «enfermedad mental» encontramos un individuo que está en conflicto con quienes lo rodean —su familia, sus amigos, su jefe, quizá la sociedad entera—. ¿Cuál es nuestra expectativa: que el psiquiatra ayude al individuo o a la sociedad? Si los intereses de ambos son antagónicos, como a menudo sucede, el psiquiatra sólo puede ayudar a uno de ellos perjudicando al otro. Szasz

La psiquiatría esta al servicio de las necesidades alienadas de la sociedad capitalista y participa en la invalidación de una enorme cantidad de individuos que cumplen el rol de chivos expiatorios o víctimas propiciatorias. La invalidación social es aquella que tiene por objetivo lograr que una persona se adapte progresivamente a una identidad pasiva, obligando al paciente a asumir el rol de enfermo de acuerdo a la etiqueta del diagnóstico con que fue rotulado, ejerciendo una violencia sutil mediante la cual casi todo acto, afirmación y experiencia de la persona es sistemáticamente considerado invalido. Volviendose poco más que simple material clínico o un deshumanizado receptáculo de atribuciones de enfermedad mental.

“Si bien son lícitas ciertas expectativas acerca de la conducta de una persona (y en todo contexto práctico debemos tenerlas, sin dejar de saber que pueden frustrarse), la predicción propia de las ciencias de la naturaleza no debe ser considerada posible ni imposible en las ciencias de las personas, sino simplemente inadecuada en ese campo.”Cooper

Hay que abandonar tan inadecuadas pretensiones de encasillar individuos, y cuestionar las estructuras y clasificaciones clínicas entre neuróticos, perversos, psicóticos etc. Estructuras que luego psiquiatras referenciados con el psicoanálisis reconocen que son un pastiche de mixturas que solo se separan en la teoría por cuestiones pedagógicas de enseñanza o para aconsejar posicionamientos en la relación de transferencia.

Es necesario abrir paso a una dialéctica de la liberación que nos permita dejar de vivir existencias cargadas de estigmas psiquiatricos y poder barrer por completo con las estereotipadas nociones de cordura y locura, y toda esa serie de compartimientos estancos de prejuicios y etiquetas que simplifican al ser humano en vez de complejizarlo.

“Los análisis reductivos, enmarcados en términos de psicología, teoría del aprendizaje o teoría psicoanalítica, pueden describir muy eficazmente y en detalle el fondo extra e intraorgánico contra el cual se destaca la persona, pero en todos los casos, y por la misma razón, la realidad personal en sí queda omitida.”Cooper

Despedazan y abordan por separado las partes de la dialéctica constitutiva del sujeto conformada por los factores condicionantes socioambientales: intrafamiliares, extrafamiliares, de clase social e histórico-sociales.

“Debemos rastrear qué hace la persona con lo que se le hace a ella, qué hace con aquello de lo cual está hecha. Cada una de estas expresiones —"lo que hace", "lo que se le hace a ella", "aquello de lo cual está hecha"— puede ser por separado objeto de una investigación analítica. Pero no son más que "momentos". Es decir que son términos opuestos a otros en un contexto dialéctico, que solamente pueden ser aislados al precio de una distorsión del resto del cuadro total.”Cooper

La expresión «enfermedad mental» es una metáfora que erroneamente se ha llegado considerar como un hecho real, sin perjuicio del innegable reconocimiento de las dificultades y problemas de vida que puede experimentar un sujeto, pero que no debieran categorizarse como enfermedades.

La idea de enfermedad solo puede tener alguna utilidad en la medicina general pero no es aplicable a un campo en el que los problemas se presentan en términos de relaciones sociales. Pensar en términos de enfermedad es una falacia de seudocientificismo que genera toda clase de contradicciones.

La enfermedad mental —como deformación de la personalidad, por así decir— es entonces considerada la causa de la falta de armonía entre los hombres. Implícita en esta concepción está la idea de que la interacción social es intrínsecamente armoniosa, y su perturbación solo obedece a la existencia de «enfermedad mental» en muchas personas.Cooper

En el mismo sentido Szasz plantea que: el mito de la enfermedad mental fomenta nuestra creencia en su corolario lógico: que la interacción social sería armoniosa y gratificante y serviría de base firme para una buena vida si no fuera por la influencia disruptiva de la enfermedad mental, o de la psicopatología.

El punto aspero de la cuestión es la violencia de la psiquiatría, una violencia que puede estar naturalizada y ser sutil o no. Épocas pasadas dan cuenta de aberraciones como lobotomías, electroshocks, privaciones de la libertad, torturas, etc. Todas esas prácticas se realizaron con la anuencia familiares, médicos y el Estado.

La abstracción corriente del "enfermo" del sistema de relaciones en el que está aferrado distorsiona inmediatamente el problema y abre el camino a la invención de pseudoproblemas que a continuación son clasificados y analizados causalmente con toda seriedad, mientras que todos los problemas auténticos han hecho mutis sigilosamente por la puerta del hospital, junto con los parientes que se alejan.Cooper

Al día de hoy siguen existiendo instituciones totales cuyos efectos deteriorantes son incluso peores a los de las cárceles. Sobremedicación, internaciones involuntarias, pérdida de derechos, etiquetamiento, estigmatización y diagnósticos que degradan a la persona. Formas de violencia perpetrada por las personas arbitrariamente definidas como "sanas o cuerdas" contra los rotulados "locos o enfermos".

La atribución de excentricidad, rareza, extravagancia, locura, incongruencia o ausencia de sentimientos, actos sin propósito, impulsividad o agresión injustificada, no constituyen juicios incuestionables absolutos ni siquiera (según la experiencia clínica corriente) razonablemente objetivos.Cooper

Vivimos en una sociedad estereotipada con una “salud mental” prescripta donde se aplican diferentes técnicas de segregación e insinuaciones de menosprecio para la exclusión de individuos en diferentes ámbitos pudiendo llegar hasta la invalidación total de la persona. Con parámetros difusos en los que se equiparan salud mental con adaptación social y se condenan las rebeliones y el inconformismo bajo sospecha de sintoma o indicio de mala socialización en el marco de antinomias de salud y enfermedad que son herederas de la vieja dicotomía entre el bien y el mal.

La exclusión y clasificación de personas bajo el signo de rótulos estigmatizantes forma parte de la retorica del rechazo que toma forma al momento de nombrar y etiquetar a las personas aplicando un método taxonómico y convirtiendolas en portadoras de un estigma. El reconocimiento de que dicho etiquetamiento sea llamado terapéutico o punitivo dependerá del contexto y de la honestidad intelectual de quienes ejercen el acto social de la clasificación.

La negación de la negación. Los pasos del proceso son los siguientes: en primer lugar, hay un acto negativo, la invalidación de una persona por otras; esto puede implicar la rotulación diagnóstica, un dictamen judicial, la segregación física de esa persona de su contexto social. En segundo término (este paso es por lo general simultáneo con el anterior) el acto negativo se niega de diversas maneras; se sostiene que la persona se invalidó a sí misma, o que fue invalidada por su debilidad intrínseca o por el proceso de la enfermedad, sin que otras personas hayan tenido nada que ver al respecto. Por medio de esta doble negación, el grupo social se oculta su propia praxis. Las personas "buenas" y "sanas" —que se definen a sí mismas como tales mediante la definición de algunos semejantes como "malos" y "locos" y su posterior expulsión del grupo— mantienen una homeostasis segura y cómoda gracias a esta mentira acerca de una mentira.Cooper

Los hospitales psiquiátricos son el sumidero en el cual se descartan a las personas incomodas encarcelando mentes y empastillando las diferencias en pos de una huerta de repollos minuciosamente alineados. El psiquiatra se vuelve un carcelero y el paciente es cosificado y prescindible como persona al ser convertido en un mero portador de síntomas.

En todas las épocas hubo personas que quisieron sacarse de encima a “seres queridos” y los depositaron en instituciones totales “por su propio bien”. En 1860 las leyes reclusión del estado de Illinois permitían que las mujeres casadas puedan ser internadas a requerimiento de su esposo o tutor sin exigir ninguna evidencia de insania.

El requisito principal que debe cumplir la persona recluida en uno de esos establecimientos es aceptar la ideología psiquiátrica acerca de su «enfermedad» y de las cosas que debe hacer para «recuperarse». El paciente debe, por ejemplo, aceptar que está «enfermo» y que quienes lo han apresado están «sanos»; que la imagen que él tiene de sí mismo es falsa, y la de estos últimos, correcta; y que para lograr un cambio en su situación social deberá renunciar a sus concepciones «enfermas» y adoptar las concepciones «sanas» de quienes tienen poder sobre él. Al aceptarse a sí mismo como «enfermo», y al aceptar que el medio institucional que lo rodea y las diversas manipulaciones de su persona que le imponen los profesionales constituyen un «tratamiento», el paciente se ve llevado a convalidar el rol del psiquiatra como el de un médico benévolo que cura enfermedades mentales. El paciente que insiste en sostener la imagen de la realidad que le está vedada y ve en el psiquiatra institucional a un carcelero, es considerado un paranoide.Szasz

La privación de la libertad en instituciones psiquiátricas es una pena que no se la reconoce como tal, y por lo tanto ni siquiera esta rodeada de garantías procesales. Es decir que las internaciones involuntarias producen una perdida de derechos mayores a las de los presos en las cárceles, y además pueden tener total desproporcionalidad al ser por tiempo indeterminado mediante el artilugio de presentarla como una “medida” que evade las garantías que ponen limites a las penas reconocidas como tales.

En las cárceles los presos mal que mal saben cuando van a salir, pueden terminar sus estudios, aprender un oficio, estudiar una carrera universitaria o escribir un libro. No tengo duda alguna de que las cárceles sean tortura y vejación, mereciendo ser abolidas y desaparecer. Pero en comparación con las instituciones psiquiátricas hasta las cárceles parecen menos lesivas a la dignidad humana, lo cual ya es mucho decir.

Sin pelos en la lengua Szasz dice que la internación involuntaria en hospitales neuropsiquiatricos es un crimen de lesa humanidad. Se trata de una forma de encarcelamiento y control social ejercido sobre grupos e individuos que amenazan los valores sociales establecidos o que son los chivos expiatorios y objetos enfermos del sistema familiar. La gran mayoría pertenecientes a los sectores menos pudientes de la sociedad, reflejando la misma selectividad con la que opera el poder punitivo en el sistema penal.

La violencia de la psiquiatría no escapa al clasismo, por mas asepsia ideologica que pretenda tener. Es asi que las personas pobres son las que se llevan la peor parte como candidatos naturales a “medidas” coactivas y tambien como sospechosos de falta de cordura. El estereotipo de “enfermo mental” y el “olfato psiquiátrico” apunta en la misma dirección que el estereotipo criminal y el olfato policial. Es mas fácil ejercer violencia sobre la población vulnerable que sobre los miembros de la burguesía. Mientras que a unos se les cuida la imagen y se les recomienda vacaciones o yoga, a otros se les impone una estadia intramuros o los llenan de drogas hasta conseguir cuerpos dociles. Del mismo modo que hay una criminalización de la pobreza, tambien hay una psiquiatrizacion de los pobres. Un lumpen que vive bajo un puente seguro que de antemano le van a diagnosticar algo, como puede ser una pulsión de muerte dirigida hacia si mismo o alguna forma de masoquismo, etc.

“El objetivo principal es ejercer un control social sobre la conducta; el tratamiento de la enfermedad es en el mejor de los casos, un argumento secundario. A menudo la terapia es inexistente, y la custodia es apodada tratamiento”Szasz
La hospitalización involuntaria no mejora la salud de ninguna persona, del mismo modo que las cárceles no resocializan. Pero el camuflaje verbal intenta presentar el castigo, la segregación y la tortura como algo “terapéutico”.

Los defensores de la prisión psiquiátrica llaman a sus instituciones «hospitales», a los reclusos, «pacientes», y a los guardianes, «médicos»; se refieren a la sentencia de prisión como «tratamiento» y a la privación de la libertad como «protección de los mejores intereses del paciente».Szasz

Los psiquiatras asumen un rol superior y dominante, muchas veces con discurso paternalista, y le imponen por la fuerza el rol de paciente a otro que no puede verlo mas que como un carcelero. El llamado enfermo mental es puesto en condición de inferioridad psicológica y social, e infantilizado como un sujeto inmaduro al cual hay que controlar y “proteger”.

Para preservar una situación de superioridad individual o de clase, es preciso, como regla, que el opresor mantenga en la ignorancia al oprimido, sobre todo en lo atinente a su relación.Szasz

Afortunadamente la antipsiquiatría no es solo un movimiento contracultural de protesta en el plano abstracto sino que ha tenido una aplicación práctica posibilitando la existencia de comunidades experimentales donde se superaron los preconceptos y prejuicios clínicos corrientes.

Comunidades en donde no existen internaciones involuntarias, donde no hay una jerarquía de personal-paciente ni la intención de clasificar e introducir forzadamente a las personas en un molde o diagnóstico. Con pacientes que participan de asambleas e intervienen en la toma de decisiones con un desvanecimiento progresivo de roles entre enfermeros, médicos, asistentes y pacientes.

Un espacio en el cual el sujeto no tiene que luchar con los deseos alienados de otros que tratan de “curarlo” y donde el objetivo es que el paciente realice experiencias sociales transicionales que le permitan vivir en la comunidad sin constituirse en un receptáculo de atribuciones de enfermedad mental.

Todavía resulta casi revolucionario sugerir que el problema no radica en la llamada "persona enferma" sino en una red interactuante de personas, red de la cual el paciente internado es abstraído mediante un truco conceptual previo. Es decir que la locura no está "en" una persona, sino en un sistema de relaciones del cual forma parte el rotulado "paciente".Cooper






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